Nunca pierdas la esperanza. Todo pasa.

julio 14th, 2014 | Posted by carlosfernandezgallardo in Calidad de vida

Algo que tuve que aprender cuando me quedé en paro fue a levantarme una y otra vez.

Recuerdo que llevaba ya medio año sin trabajo cuando formé parte del proceso de selección de una conocida empresa de informática. Tras múltiples entrevistas con el responsable técnico, el gerente comercial y el propio director general, quedamos al final dos candidatos. Era un puesto muy atractivo tanto profesional como económicamente. Cogieron al otro. Era mejor que yo.

Adiós a semanas de ilusiones y cuentos de la lechera.

No fue la única vez que sucedió. Hubo otras dos ocasiones más muy similares: puestos atractivos y muy bien remunerados. Incluso en una de ellas llegaron a presentarme a mis futuros compañeros de trabajo. Nada. En estos dos casos, paralización de las contrataciones por órdenes de la matriz. No os podéis imaginar lo ilusionados que estábamos mi mujer y yo, que ya tras casi el año y medio en paro, la necesidad que tenía de volver a trabajar era imperiosa. Necesidad porque me estaba quedando fuera del mercado laboral, por salir de mi casa que se me caía encima, por volver a sentirme útil y necesidad por supuesto por el bien de la economía familiar que cada vez se resentía más.

De nuevo adiós a ilusiones y expectativas. Había que seguir sufriendo un poquito más. Así es la vida.

Recuerdo que cuando me daban la mala noticia, ese día y al siguiente me quedaba fatal; desanimado, deprimido y sin ganas de nada. Incluso un día ya no pude más y rompí a llorar. Mi mujer me decía que tenía dos alternativas: seguir deprimido o volver a levantarme y seguir luchando, y que la primera no era opción. Así que no me podía permitir estar mal más que un par de días a lo sumo. Qué bueno mi mujer, ahí metiendo caña. Y se lo agradezco. Creo que a eso de sobreponerse a situaciones adversas,  la RAE lo llama “resiliencia“.

Volver a mi rutina de cada día. Levantarme para preparar desayunos y llevar a los niños al cole (creo que si no hubiera sido por esto, muchos días me los habría pasado enteros metido en la cama), recoger la casa, hacer la comida y buscar trabajo hasta la hora de ir a buscar a los enanos de nuevo al cole. Así un día tras otro.

Me gustaría poder decir que fue un tiempo en el que disfruté mucho más de mis hijos, pero lamentablemente no fue así. Pasaba más tiempo con ellos, pero no disfrutaba más. Mi preocupación y angustia ante la falta de trabajo me impedían disfrutar de lo que me rodeaba, incluso cuando estábamos de vacaciones en la playa toda la familia. Cada vez tenía peor humor. No fue una situación fácil y el rollo coach que me decían de “coachéate a ti mismo“, me tocaba especialmente las narices.

Pero es verdad que el rollo coach, y el apoyo de mi familia y amigos más cercanos, me ayudaron enormemente a salir adelante una y otra vez. Me ponía objetivos a corto y medio plazo y me trazaba mis planes de acción y calendarios.

Y así empezó otra etapa. Dejar las tareas domésticas un poco a un lado para comenzar a pasar más horas delante del ordenador, algún día incluso con el pequeñajo encima de mi que no había ido a la guarde por estar malito, pero esta vez trabajando en el desarrollo de varios proyectos personales para ofrecer talleres y cursos de formación. Ya no quería “mendigar” un trabajo cada vez menos cualificado; era más estimulante y eficiente y las empresas me recibían mejor cuando me auto-presentaba como colaborador con un proyecto bajo el brazo, ofreciendo un servicio de valor.

Tuve la gran suerte de compartir todo este periodo con otra persona muy cercana que estaba en mi misma situación. Empezamos a organizar desayunos de trabajo tras dejar a nuestros hijos en el cole. Compartíamos planes y proyectos; compartíamos ideas, risas, llantos e incertidumbres. Eso he de decir que nos unió mucho.

¡Qué tiempos tan revueltos! Ánimo, desánimo. Altibajos emocionales… Ahora me como el mundo, ahora no valgo para nada. Creatividad, miedo, coraje, valor. Era una montaña rusa. Que tiempos tan buenos y tan malos a la vez.

Buenos, todo pasa (a Dios gracias). No hay que perder nunca la esperanza. Ahora hace ya un año y medio que vuelvo a trabajar por cuenta ajena. Eso me aporta tranquilidad emocional y económica. He aprendido mucho de mi etapa como desempleado. Creo que he crecido un poquito más como persona. Ahora yo sé por dónde quiero encaminar mi vida laboral, pero quién sabe lo que me deparará el futuro. Eso es lo maravilloso.

Os dejo con Emilio Duró en una de sus conferencias sobre el optimismo que no tiene desperdicio. Os vais a reír y vais a aprender muchas cosas, seguro.

Me encantaría que compartieras conmigo tus proyectos. Un abrazo,

Carlos

 

 

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